martes, 3 de marzo de 2015

El Guardavidas

De muy chico aprendí a vivir en otra sintonía que con los años quedó solo en mi y al tiempo se apagó. Es que no hay romanticismo en la desesperación y sobrevivir me es muy ajeno. Pero aun así vuelve cada tanto mi espiritu agotado, llora una melodía berreta y en el cruel desvelo, me golpea el pecho con una sonrisa para poder respirar.
Ya nada me conforma, todo me parece nefasto y no encuentro motivación en ser el bufón de la corona solo por la aprovación frivola de la corte de reidores.
Quisiera no hacerme tantas preguntas o ser precindible para dejarme ahogar en cada charco sin que los engranajes giren frente a mi silencio.
La lujuria de la imbecilidad me sedujo de a ratos y me sistematicé como un lobo guardavidas en la caza de los días que avecinaban donde me fui desandando en el vértigo de mi conducta.
Viajar sin equpiaje se hace duro en los inviernos y más aun cuando el sol no traspasa la piel y la única certeza es descubrir que al final del laberinto no hay recompensas.
Intentando arrebatarle una mueca de ingenuidad a los peores vandidos, me fui poco a poco adentrando en el silencio. Descolgué la antena, enrrollé algunas banderas y callé hasta explotar timidamente y sin efecto, viendo languidecer, pálido y sin aliento, a lo más preciado de mi ternura. 
Los verdugos me palmean la espalda, me felicitan, se cuelgan la medalla y eruptan sobre mi alterego apestando a bacalao. Pero yo aprendi a bucear en la mierda con tiburones, a raspar bien el fondo sin ilusiones, a no esperar más caricias de la obcecación estéril. El éxito allí es como las mujeres: adora reyes que se dejen gobernar.
Y a uno no le resta más que vivir anesteciandose para que el cese dé al
menos una tregua en la casi ausencia de un letargo que ya es condena.
Pero como una epifanía torpe y confusa, me sumerjo en los días planeando mi revancha. Resusitaré en alguna de estas tantas vidas que me tocaron, con el cuero aspero y sin humildad, con algunas verdades (pocas) para exagerar, trepando los días hasta secarme de sol.

jueves, 20 de septiembre de 2012

La lluvia que no existe

Tantos poemas, canciones y relatos sobre lo bella, triste, nostálgica y melancólica puede llegar a ser la lluvia. Tantos autores trillaron lo natural hasta extrañarlo que ya no me queda nada útil por decir. 
Solo resta retratar a ese hombre que, en algún rincón de alguna localidad perdida del conurbano, se reclina en el umbral de su casa a ver caer la lluvia, abstrayéndose hasta enrarecerla, como un niño de asombros y novedades. 
Será que el tiempo es más tiempo medido en nubes y luces. Será que la calle escupe cuerpos que corren guarecidos. Será las olas de los autos y las lauchas de la medianera. Qué será de todo si nunca antes lo observamos. 
Y qué será de los mundos que nunca creamos por no percibirlos.
Se enciende un cigarro gris, se mece sobre la silla y respira profundo para oler que ya no huele nada. Llegué tarde a esto también, piensa. Ya es tarde para retroceder calzando excusas. Es que el tipo creció ahí, en el olor a perro sucio que deja la lluvia cuando se va, entre las gotas oxidadas que se escurren en los rostros y las habitaciones minadas de tachos que rebalsan de madrugada. Y él sabe bien que quien se anima a soñar sobre colchones mojados que apestan rancio, sueña lindo pero no recuerda. 

domingo, 9 de septiembre de 2012

Equilibrista


Te escribiría una canción si juraras que mi música es un espanto. Una canción sin estribillo, de esas que cuentan historias bonitas y terminan repitiendo la primera estrofa. O intentaría dejarte unas palabras en algún rincón si ya no los hurgaras. Podría también explicarte cuánto te sigo cuidando si no quisieras oírlo. O describirte maravillosa si no significara nada.
Y dejar esta estupidez de protegerte que ya no me sale porque esta calle es cruel si la cruzas de mi mano. Y mostrar quién desanda a mi lado sin que te importe. Y dejar estos malabares de equilibrista errante para que veas que nunca pude con tres naranjas.