domingo, 29 de julio de 2012

Buscar encontrar perder.


A veces solo me recuesto sobre la silla que esta frente a mi escritorio, enciendo un cigarrillo y observo las figuras que deja el humo en este espacio que cree para mí. No sé bien donde van mis pensamientos pero esta mirada no hace interpretación alguna de lo que me rodea y ese pequeño todo podrían ser figuras hechas de sombras y luces o no ser nada y causaría exactamente el mismo efecto. 
Lo más irónico quizás sea que finalmente alguien ande en busca de perder el tiempo -paradojas si las hay- pero de todas formas esta habitación está repleta de cosas perdidas y no me basta con sacarme el día de encima si no hay un despojo total del contexto y allí, lo más costoso, es el tiempo. 
Y en esa quietud puedo ver algunas cosas. Puedo, por ejemplo, dejar que esta mala memoria, que tanto defiendo, falle y algún recuerdo vencido gane la partida y astille el silencio. Entonces ahogo un par de hielos y los agito hasta desaparecerlos. Y así, sin más, se van. Porque nada bueno llega hasta el fondo del vaso.


martes, 3 de julio de 2012

Días vencidos


No tengo más que un puñadito de días vencidos, recuerdos vagos que pueden robarte una mueca de complicidad. Una deuda en cuotas de orgullos que rompí al contado con la usurera tasa variable de la soledad. Algunos ratos de lucidez pasajera y un par de buenas mentiras anticorrosivas en el óxido de tu cultura. También sorpresas trilladas que esconden algunos antojos y otros tantos caprichos o una voz sigilosa repitiendo cuentos de terror que no hablan más que de mis desvelos o este par de ojos cansados que hacen foco con poco interés. Y tengo tardes que pernoctan y noches que amanecen. Y un olvido imperdonable para cada detalle. Y una torpeza envidiable que se burla a sí misma. 

Y mil razones más para olvidarte hoy como todos los días.



viernes, 20 de abril de 2012

La noche, cruel adjetivo.

Las horas se nos escurren, ya perdimos esa cuenta también. Y ahora resulta que de tanto enfadarnos con las buenas nuevas, el Diablo nos soltó la mano otra vez. Diablo, tan viejo y trillado, vos sí que sabes que esas noches no deberían sucedernos. Y digo “noche” como si fuera un adjetivo capaz de describirlo todo. Y digo “todo” como si no fuese nada en realidad.
Nos enseñaste la cruel mueca de la felicidad, nos mostraste en una eternidad lo que nunca dura nada. Nos reímos viscerales risas hasta dolernos.
Y el después, que nunca nos invitó a nada, te apretó hasta sangrar. Ahí quedamos. Ahí, todavía hoy, quedé. Sumido en el más profundo aburrimiento con lo atroz de los espejos.
Deberíamos releer la letra chica de ese contrato que firmamos a las apuradas con el destino y escupirle la geta a los abogados que reían sordas carcajadas ese minuto que casi lo cambia todo. Y vuelvo a decir “todo” como si no fuese nada en realidad. Pero lo es todo.

Acá queda el secreto. Muy a mi pesar, nadie sabrá nunca que hasta Adán volvería a morder la manzana por verte respirar como solías.