domingo, 26 de agosto de 2012

La Cosa




La Cosa lo miraba, cínica y estéril. Y de pronto ese pibe sentado, que hamacaba sus piecitos en el banco de la vieja estación de Santos Lugares, volvía a ser yo. Con esos zapatitos de cuero marrón, un jardinero de jean, pelo largo y remera a rayas, mirada extrañada que contempla ese infinito mundo adulto de viajes a ningún lado que emprenden frustradas persecuciones al tiempo y una libretita de oraciones a escondidas de la infancia dentro de los calzones.
Ese pibito, que no hace más que balancearse sobre el banco de la estación hasta que rechinen las tuercas, volvía a esperar a mi madre que vuelva de la fábrica. Volvía a recordar paso por paso que hizo durante el día para contárselo sin pausa cuando por fin llegara. Volvía a caminar de la mano.
Y respiré profundo, como si fuera la última bocanada, y trepé de un salto el alambrado de los terrenos abandonados del ferrocarril y volví a tirarle piedras a la ventana del rengo de la otra cuadra. A oler con matices, a recordar sin esfuerzo, a saberme inmune. Volví tras los pasos que soñé y nunca di. A sentarme al piano de La Primavera para Lucía.
“En el paraíso somos todos niños”, me dijo Don Ernesto alguna vez, mientras paseaba a su ovejero y no mentía ¿Cuántos de ustedes recuerdan con exactitud el momento preciso en el que perdieron por completo la inocencia?
Ahora que este insomnio me escupe la verdad a la cara, justo debajo de los ojos. Ahora que pagué al contado tantos días en cuotas, ahora que esta asfixia se reserva el derecho de admisión y que puedo tallar un calendario en mi espalda: ahora ya sé que La Cosa suele ser abstracta. Pero mierda que para el tiempo la vida no vale un carajo.

domingo, 29 de julio de 2012

Buscar encontrar perder.


A veces solo me recuesto sobre la silla que esta frente a mi escritorio, enciendo un cigarrillo y observo las figuras que deja el humo en este espacio que cree para mí. No sé bien donde van mis pensamientos pero esta mirada no hace interpretación alguna de lo que me rodea y ese pequeño todo podrían ser figuras hechas de sombras y luces o no ser nada y causaría exactamente el mismo efecto. 
Lo más irónico quizás sea que finalmente alguien ande en busca de perder el tiempo -paradojas si las hay- pero de todas formas esta habitación está repleta de cosas perdidas y no me basta con sacarme el día de encima si no hay un despojo total del contexto y allí, lo más costoso, es el tiempo. 
Y en esa quietud puedo ver algunas cosas. Puedo, por ejemplo, dejar que esta mala memoria, que tanto defiendo, falle y algún recuerdo vencido gane la partida y astille el silencio. Entonces ahogo un par de hielos y los agito hasta desaparecerlos. Y así, sin más, se van. Porque nada bueno llega hasta el fondo del vaso.


martes, 3 de julio de 2012

Días vencidos


No tengo más que un puñadito de días vencidos, recuerdos vagos que pueden robarte una mueca de complicidad. Una deuda en cuotas de orgullos que rompí al contado con la usurera tasa variable de la soledad. Algunos ratos de lucidez pasajera y un par de buenas mentiras anticorrosivas en el óxido de tu cultura. También sorpresas trilladas que esconden algunos antojos y otros tantos caprichos o una voz sigilosa repitiendo cuentos de terror que no hablan más que de mis desvelos o este par de ojos cansados que hacen foco con poco interés. Y tengo tardes que pernoctan y noches que amanecen. Y un olvido imperdonable para cada detalle. Y una torpeza envidiable que se burla a sí misma. 

Y mil razones más para olvidarte hoy como todos los días.